Ficha informativa
Bolivia enfrenta un ciclo de bloqueos que ha durado casi 50 días, generando una crisis económica y un sentimiento de agotamiento colectivo. A pesar de su riqueza en recursos y la resiliencia de su pueblo, la falta de confianza en sí mismo se presenta como el mayor obstáculo para el desarrollo del país.
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Contexto:
La historia de Bolivia está marcada por fracasos, incluyendo guerras perdidas y gobiernos corruptos. Este discurso ha llevado a la sociedad a verse como víctima de diversas adversidades. Sin embargo, Bolivia posee recursos en minería, energía, agua, agropecuaria y cultura.
A pesar de los desafíos, hay emprendedores bolivianos que compiten internacionalmente y jóvenes que utilizan tecnología con habilidad. La capacidad de reinvención del pueblo boliviano es destacada como su activo más valioso.
Por qué importa:
La falta de confianza en sí misma puede llevar a la sociedad a renunciar a sus posibilidades y elegir malos gobernantes. La dependencia mutua entre regiones resalta la necesidad de unidad para avanzar hacia un futuro común.
Datos clave:
- 50 días de bloqueos
Por Ronald Nostas Ardaya(*)
Nuestro país está normalizando la frustración. El cansancio acumulado, la decepción repetida y la desazón constante nos han llevado al extremo de dudar de la propia viabilidad de Bolivia como sociedad, como Estado y como nación. El nuevo ciclo de bloqueos irracionales que se sostiene por casi 50 días, no solo deja una economía devastada, sino que produce una sensación de agotamiento colectivo que hace cuestionar cualquier esperanza.
Pese a que es cada vez más profundo, este sentimiento no es nuevo. Desde hace más de un siglo nuestra historia parece una sucesión de fracasos: las guerras perdidas, los gobiernos corruptos, los recursos dilapidados, los últimos lugares en todo. Aprendimos a vernos como víctimas del saqueo colonial, la geografía agreste, la diversidad cultural, la mediterraneidad, la perversidad de nuestros líderes o de las potencias extranjeras. Nuestros historiadores, analistas, políticos y educadores repitieron tanto ese discurso que terminó marcando nuestro destino.
Lo peor es que en ese proceso dejamos de ver la otra parte de lo que somos: una de las naciones más ricas, con más oportunidades en Bolivia y con más potencial del mundo. Poseemos recursos en minería, energía, agua, agropecuaria, territorio y cultura más allá de lo que muchas naciones soñarían. Esos recursos –que la humanidad necesita hoy– además de una vasta geografía y ubicación estratégica, nos hacen únicos.
Sin embargo, nuestra mayor riqueza está en la capacidad de salir adelante en circunstancias enormemente difíciles. Aún en crisis en Bolivia extrema hay emprendedores bolivianos que compiten en mercados internacionales; profesionales decididos a construir; mujeres que han roto barreras culturales centenarias para liderar empresas, comunidades e instituciones; jóvenes indígenas y mestizos que usan la tecnología con la misma soltura que cualquier ciudadano del primer mundo, y que están hambrientos de oportunidades.
Nuestro pueblo es solidario y resiliente de una manera asombrosa. Lo que hemos sobrevivido como sociedad habría quebrado a pueblos con menos temple. Después de cada golpe, nos levantamos. Abrimos el negocio al día siguiente. Sembramos otra vez. Volvemos a mover el país. Esa capacidad de reinvención es quizás el activo más valioso que tenemos, porque los recursos se agotan y las tecnologías cambian, pero la capacidad de nuestro pueblo para sobreponerse y crear es inagotable.
Bolivia no es pobre. Bolivia tiene un problema de conversión. Somos un país extraordinariamente rico que todavía no ha cobrado su herencia. Eso no es un destino: es un desafío de gestión, de institucionalidad, de política económica. Y los desafíos de gestión se pueden resolver.
Nuestro mayor problema es que confundimos la crisis en Bolivia de un modelo con la imposibilidad de un país. Porque cuando un sistema de organización económica agota sus posibilidades, es tentador concluir que el problema es el territorio y la gente, y no las reglas y las decisiones. Nos acostumbramos a medir el país por sus fracasos y a invisibilizar sus éxitos sin pensar que nuestros problemas más graves son solamente escollos a superar.
La verdadera amenaza no es la falta de recursos. Ni siquiera la complejidad de nuestras diferencias. La amenaza más grande es el pesimismo. Cuando una sociedad pierde la confianza en sí misma, comienza a renunciar a sus posibilidades, decide limitar sus sueños y sobre todo elige malos gobernantes y deja su futuro en manos de aventureros e improvisados.
Nos hace falta fe en lo que somos, dejar de dividirnos y empezar a construir en torno a lo que nos une. Eso no significa ignorar nuestros problemas ni negar la realidad. Tenemos desafíos enormes, pero ninguno es insuperable. Por eso quizás la verdadera pregunta no sea si Bolivia tiene futuro: la verdadera pregunta es cuándo decidiremos construirlo.
Los interminables días de bloqueo nos han dejado claro nuestra mutua dependencia. La agropecuaria del oriente necesita el mercado del occidente. El occidente necesita los alimentos que vienen del oriente. Las ciudades necesitan el campo. El Estado necesita de la sociedad y ésta requiere del orden y la protección de las instituciones. Esa certeza nos ha hecho entender que somos un solo país, que tenemos un porvenir común y que no podemos alcanzarlo si no nos aceptamos como un mismo pueblo. Mientras sigamos desconfiando de los otros bolivianos de bien, aquellos que quieren mantenernos en la miseria, la violencia y la frustración van a seguir bloqueando nuestro destino.
Bolivia ha atravesado muchos momentos difíciles y siempre encontró la manera de seguir adelante porque la voluntad colectiva fue mayor. Hoy nos corresponde decidir qué historia queremos contarle a las próximas generaciones: la de un país que se resignó a sus fracasos o la de una sociedad que transformó la crisis en Bolivia en una oportunidad para reconstruirse. El futuro de Bolivia no depende de la suerte. Depende, sobre todo, de nuestra capacidad para volver a creer en lo que somos capaces de lograr juntos.
(*)Industrial y ex Presidente de la Confederación
de Empresarios Privados de Bolivia
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