Ficha informativa
Oruro enfrenta un dilema entre el derecho al trabajo y el derecho a la ciudad, donde la congestión y el comercio informal afectan la calidad de vida urbana.
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Contexto:
La ciudad ha sido afectada por un aumento en el comercio informal desde que el MAS subió al poder. Muchos residentes se han trasladado a Cochabamba, dejando a Oruro con una población que no siempre se siente conectada con su ciudad. La experiencia de caminar por Oruro revela una falta de planificación urbana adecuada.
Oruro presenta una intensa actividad comercial, pero carece de infraestructura adecuada para soportar esta vitalidad. La falta de planificación urbana ha llevado a un deterioro en la calidad de los espacios públicos y servicios destinados a los ciudadanos.
Por qué importa:
La supremacía del comercio sobre los derechos de los peatones genera un entorno urbano caótico. Esto afecta la seguridad y comodidad de los ciudadanos, quienes deben lidiar con calles congestionadas y espacios públicos deteriorados.
Datos clave:
- Habitantes: 571.471 según el Censo del 2024.
- Habitantes en áreas urbanas: 358.929.
- Habitantes en áreas rurales: 212.542.
- % de mujeres: 50,5%.
- % de hombres: 49,5%.
Visité Oruro después de un largo tiempo, que en verdad sólo fueron seis meses, pero internamente lo sentí de otro modo. Volví a la ciudad de mi infancia y parte de mi juventud, esa ciudad que pareciera vivir detenida en sus propias dinámicas desde hace décadas. En sus calles se percibe un ritmo más pausado, rutinario y cansino, lo cual es más notorio si uno viene de Santa Cruz o de La Paz. Sin embargo, esa lentitud no se traduce en tranquilidad, ya que la vida en la urbe orureña es esencialmente caótica. Es una contradicción local: el centro con sus calles estrechas y aceras angostas está frecuentemente congestionado, los automóviles en ingentes cantidades, además de las motocicletas ahora, se acumulan en hileras y las constantes bocinas, incluso en altas horas de la noche, interrumpen la tranquilidad del espacio público.

Camino primero por todas las zonas alrededor de la Plaza Principal 10 de Febrero, donde acontece un resumen ejecutivo de la ciudad. No reconozco ya a nadie, todos se fueron, una gran mayoría se fue a poblar Cochabamba, como un destino natural para una gran cantidad de nacidos en la ciudad del Pagador. Los residentes de la ciudad me cuentan que Oruro fue tomado ya hace años, desde que el MAS subió al poder, por una enorme cantidad de comerciantes con gran poder adquisitivo, pero al mismo tiempo con escaza educación. Se trata de un considerable segmento de la población que utiliza Oruro como una ciudad de paso para llevar y traer mercaderías, y que, al no considerarla como su lugar de residencia, tampoco le reserva el cariño y los cuidados que ameritarían. Según el Censo del 2024, el departamento de Oruro tiene 571.471 habitantes, de los cuales 358.929 viven en áreas urbanas y 212.542 viven en áreas rurales; el 50,5 % son mujeres y el 49,5 % son hombres.
Disfruto del cielo claro y celeste en el horizonte orureño, de la cercanía a todo, con gran presencia de las tiendas de barrio todavía. Consumo seguido las chaparras de Doña Filo y los apis del Mercado Fermín López; es inevitable también servirse uno de los bocados del tradicional Café Center o hidratarse con los jugos multivitamínicos del mercado.

En la cercanía del Mercado Campero ya se perciben los aromas múltiples de una diversidad de comidas, platos de media mañana, sándwich de chola, carnes de interiores como las tripas, salchipapas, tucumanas, y una maravilla de opciones dentro de los mercados, como los tradicionales api con pastel o buñuelos. Es una verdadera experiencia gastronómica callejera.
Todo pareciera cerca, pero a la vez, las rutas congestionadas para los automóviles obligan a realizar muchas diligencias a pie, sintonizando así con el ritmo de la ciudad y sus sonidos. Los perros callejeros son una constante, también las aceras desiguales, los pasos de cebra ocupados por conductores desconsiderados, y los puestos en la calle que obligan al transeúnte a zigzaguear por aquí y por allá, incluso a veces teniendo que bajarse de la acera para continuar. Todo esto ya está muy normalizado en Oruro y es parte de la experiencia cotidiana de la ciudadanía, que en horarios de salida de los colegios ve algunas de las calles y avenidas desbordadas por los escolares, niños y adolescentes uniformados, caminando en patotas, buscando descontracción después de las horas amarrados a sus pupitres. Ahora ya no abundan los tilines, o juegos electrónicos, tampoco los futbolines, como en mis épocas, pero en cambio muchos ahora caminan mirando sus celulares, entregados al destino.

El comercio popular constituye una fuente de sustento para numerosas familias y forma parte de la estructura económica de Oruro, y si bien los comerciantes también son ciudadanos, lo conflictivo es que su forma de ganarse la vida les haga creerse los dueños del espacio público.
Recordemos aquí un concepto muy útil que nos dejó el filósofo francés Henri Lefebvre: el derecho a la ciudad. No se refería simplemente al derecho de acceder a una ciudad, sino a la posibilidad de participar en su construcción, apropiarse de sus espacios y disfrutar de sus condiciones de habitabilidad. No hablemos de apropiación sino simplemente del derecho a una circulación adecuada, donde las aceras han sido concebidas para la comodidad de transeúntes de todas las edades y capacidades. Eso existe sólo de manera intermitente en Oruro en sus zonas más transitadas, como la Bolívar, Potosí, Velasco Galvarro, Adolfo Mier, Junín, 6 de octubre, etc.
A veces pareciera tener Oruro algo de los pueblos del oeste en las películas de westerns, aquello de ser lugares sin ley, donde el sheriff fue ya hace mucho tiempo doblegado. No es que todo sea orden y educación vial en las otras ciudades bolivianas, pero sin duda Oruro es una de las más sufridas en este aspecto. La ciudadanía aguanta la supremacía del derecho a comerciar por encima del derecho a la ciudad. La calle termina convirtiéndose en una extensión del mercado y el mercado, a su vez, se expande a su alrededor, puestos por aquí y por allá, funcionando sin límites espaciales bien definidos.
Una esquina tan céntrica como es la que cruza la calle Sucre con la Soria Galvarro, se ve cotidianamente ensuciada por las bolsas de basura que los perros callejeros asaltan desde tempranas horas de la tarde, cuando todos conocen que el camión basurero solo pasa por la noche y muy temprano en las mañanas; esto genera terribles focos de infección y contaminación que deterioran la vivencia de la ciudad. El descuido urbano no es solamente responsabilidad de las autoridades municipales, sino que también expresa hábitos colectivos y una cuestionable relación con lo público. En este caso, los dueños de tiendas de barrios aledañas, tiendas de pollos fritos, no parecen afectarse y solamente buscar su comodidad.
Entonces cuando uno viene a Oruro, más allá del gustito de las comidas caseras, del costo de vida algo más bajo que las ciudades troncales, se inquieta con esta pregunta: ¿Oruro quiere ser una ciudad para ser habitada o fundamentalmente para desarrollar actividades comerciales y de tránsito?
Mientras, sin tener suficiente tiempo para pensarse a sí misma, Oruro no se detiene, continúa atravesada por flujos comerciales, personas que llegan de diferentes lugares, mercancías y aun dependencia de la producción minera. Pareciera que avanza con tanta actividad comercial, pero también no avanza, sino que otros, los de paso, prosperan a su costa y se llevan las ganancias.
En definitiva, Oruro muestra una vida urbana intensa, pero una infraestructura urbana que no consigue acompañar esa intensidad. Hay comercio, circulación, actividad económica, mercados, intercambio y relaciones humanas. Sin embargo, lo que no hay es una correspondencia entre esa vitalidad y la calidad de los espacios públicos, los servicios y las infraestructuras destinadas al ciudadano. El comercio se comió el lugar de la planificación urbana. Es lo que se extraña de nuestro Oruro: que pese a su posición estratégica en el occidente boliviano y una fuerte identidad histórica, pareciera tener un agujero interno, que le impide traducir esas ventajas en una experiencia urbana contemporánea satisfactoria.
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