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La guerra en Medio Oriente: la destrucción de una ficción

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Juliana Montani • Latinoamérica21
Mientras el costo de la energía aumenta, América Latina se posiciona como clave en la globalización resiliente y el nearshoring

Ficha informativa

La guerra en Medio Oriente expone el fin de una economía global basada en energía barata y rutas seguras, impulsando un cambio hacia una globalización más resiliente y regionalizada. América Latina se posiciona como clave en este nuevo orden económico.

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Contexto:

Antes de la pandemia, la eficiencia dominaba el comercio global. La pandemia mostró los costos de cadenas de suministro sobreoptimizadas. Las nuevas generaciones priorizan equilibrio y propósito sobre salario. América Latina tiene activos estratégicos en un mundo que los necesita.

El conflicto en Medio Oriente acelera la internalización del riesgo geopolítico en las empresas. La eficiencia se convierte en fragilidad bajo una nueva bipolaridad. La ventana de oportunidad para América Latina depende de su capacidad para adaptarse a estos cambios.

Por qué importa:

El encarecimiento energético puede impulsar a empresas y Estados a revisar ineficiencias y adoptar energías renovables. La región podría beneficiarse de un alineamiento pragmático entre Oriente y Occidente, pero las guerras amplifican desigualdades y generan sufrimiento.

Datos clave:

  • Vaca Muerta: recurso estratégico en Argentina.
  • Triángulo del litio: compuesto por Argentina, Chile y Bolivia.
  • Guyana: emergente exportador petrolero.
  • Generaciones: Gen Z y millennials redefiniendo hábitos de consumo.
Por: Juliana Montani/Latinoamérica21

Cada época tiene su ficción de estabilidad. Antes de la pandemia, la presencialidad era la norma en el trabajo. La rigidez no era tecnológica, sino estratégica, ya que ser el primero en cambiar conllevaba riesgos. Un shock externo hizo que, en cuestión de meses, unas opciones virtuales que llevaban años disponibles se volvieran parte de nuestra rutina. Las tecnologías ya existían, lo nuevo fue el aumento del costo de no adoptarlas.

Hoy, frente a la guerra en Medio Oriente, empieza a resquebrajarse otra ficción: la de una economía global sostenida indefinidamente sobre energía barata, rutas seguras y cadenas de suministro optimizadas casi exclusivamente por costo.

De la eficiencia a la resiliencia

Durante décadas, el principio organizador del comercio fue la eficiencia, el “modelo Shein”: producir barato, transportar lo más rápido posible y reducir stocks al mínimo. Ese modelo tenía un supuesto implícito: un contexto geopolítico relativamente estable para garantizar rutas comerciales abiertas y energía accesible. Esta base permitió sostener un consumo intensivo, cadenas de suministro y proveedores altamente concentrados (semiconductores en Taiwán, tierras raras en China, gas ruso en Europa), proveedores únicos, máxima especialización —todo con grandes costos ambientales—. Ya durante la pandemia, el colapso de la logística marítima, con valores en fletes que se multiplicaron por diez y puertos saturados, mostró el costo real de las cadenas sobreoptimizadas. Ahí empezó en serio la búsqueda de redundancia: safety stocks, nearshoring, múltiples proveedores.

Un orden sustentado en normas, con Estados Unidos como garante, está perdiendo vigencia. Vamos hacia una bipolaridad compleja: una fragmentación en bloques con potencias intermedias activas, o una bipolaridad con interdependencia. En esta transición, la inercia del sistema y el precio de la conversión retardaron la adaptación tanto de industrias como de políticas públicas. Lo que el conflicto en Medio Oriente expone con brutalidad (y realismo político) es que se eleva el costo de no cambiar.

El principio organizador del comercio mundial pasa de una globalización optimizada por costo a una globalización optimizada por resiliencia. El comercio pasa a ser más redundante, más regionalizado y más caro, priorizando disponibilidad sobre precio. Aquí es donde América Latina, con recursos minerales y energéticos y una posición geográfica que conecta mercados, aparece en el mapa de quienes buscan diversificar.

La geopolítica entra en el Excel

El encarecimiento de la energía puede actuar como disciplinador económico, empujando a empresas y Estados a revisar ineficiencias, a acelerar la adopción de renovables y de electrificación selectiva, a diversificar proveedores y a mantener stocks estratégicos para prevenir desabastecimiento. El modelo just-in-time cede ante el just-in-case. La eficiencia, que fue virtud en un mundo unipolar, se convierte en fragilidad en uno organizado bajo bipolaridad.

El conflicto acelera también la internalización del riesgo geopolítico como variable de negocio. La geopolítica desborda las cancillerías o índices de think tanks y se incorpora a los Excels de las empresas al tener en cuenta su exposición a cuellos de botella, sanciones, primas de guerra en seguros y fragilidad logística.

A la vez, el aseguramiento energético se revaloriza como cuestión de seguridad nacional, o incluso regional (por ejemplo en Europa), no solo como variable de precio o de ciclo climático. Y, como sucedió con la pandemia, el shock también cataliza un cambio en la demanda en actos más privados como la atención a precios del combustible, la toma de conciencia sobre el nivel de consumo y más teletrabajo.

Una generación que ya consume distinto

Este proceso de reorganización de los recursos ocurre en concomitancia con un cambio generacional que redefine la fisonomía económica desde abajo. Las nuevas generaciones están consolidando hábitos más compatibles con un mundo fragmentado, híbrido y volátil. Los Gen Z y los millennials priorizan el equilibrio, el aprendizaje, el bienestar y el propósito, no solo el salario, y a la hora de gastar buscan experiencia e identidad.

Junto con el reajuste de incentivos geopolíticos, esta selectividad del comportamiento de consumo que llega con el recambio generacional puede volverse estructural, y ser un factor decisivo como el precio del petróleo, con implicancias profundas para empresas y políticas públicas.

América Latina: ¿oportunidad o espectadora?

En este reordenamiento, América Latina ocupa una posición que pocas veces tuvo: la de región con activos estratégicos en un momento en el que el mundo los necesita. Argentina tiene Vaca Muerta y completa, junto con Chile y Bolivia, el triángulo del litio, un mineral clave para la transición energética. Guyana emerge como exportador petrolero de peso con una velocidad que sorprende incluso a los optimistas. Brasil combina agroindustria, hidrocarburos offshore y una industria manufacturera con escala regional. Y toda la región ofrece puertos con acceso simultáneo al Atlántico y al Pacífico, proximidad a mercados norteamericanos y europeos, y una ubicación que la vuelve candidata natural para el nearshoring en un mundo que busca cadenas de suministro más confiables y menos expuestas políticamente.

A esto se suma un ciclo político que, con matices importantes según el país, viene produciendo gobiernos más pragmáticos y orientados a la apertura: desde la Argentina de Milei hasta el Chile de Boric en su segunda mitad más moderada, pasando por Uruguay, Ecuador, Panamá o República Dominicana. No es convergencia ideológica: es la lógica del momento. Un mundo que migra hacia socios predecibles necesita interlocutores con reglas claras, no con retórica soberanista.

Incluso Venezuela, por años fuente de inestabilidad regional, transita una normalización cautelosa que, si se consolida, despeja uno de los principales focos de tensión del continente.

La región se beneficiaría de una alineación pragmática de las cancillerías entre Oriente y Occidente sin pasar líneas rojas, de previsibilidad política y macroeconómica, sobre todo a través de marcos regulatorios que atraigan capital y empresas con experiencia internacional. La ventana de oportunidad existe; veremos si hay voluntad y velocidad suficientes para abrirla antes de que otros lo hagan primero.

Un mundo menos ingenuo

Nada de esto implica negar lo evidente: las guerras destruyen riqueza, generan sufrimiento y amplifican desigualdades. Los efectos son asimétricos y golpean más fuerte a quienes tienen menos margen de adaptación.

La guerra en Medio Oriente es parte del crujir de un mundo diferente. Uno más caro, probablemente, pero también más consciente de que la eficiencia sin resiliencia era, en el fondo, otra forma de fragilidad. Así como la pandemia no inventó la digitalización, sino que la aceleró, la guerra no está creando de cero un nuevo modelo económico: está forzando la transición hacia uno que ya estaba en gestación. Las ficciones se rompen. Lo que venga después para América Latina dependerá de qué estemos construyendo hoy sobre la lectura del mundo que viene.

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  • Porque provoca un aumento en los precios de los combustibles y energía
  • Porque genera una mayor demanda de productos tecnológicos
  • Porque facilita el comercio internacional sin restricciones
  • Porque reduce la necesidad de diversificación de proveedores
©2026 Editorial La Patria Ltda.
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La pandemia aceleró la adopción de tecnologías virtuales en el trabajo.
La eficiencia siempre será la mejor estrategia para el comercio mundial.
América Latina tiene recursos minerales estratégicos que son importantes para la transición energética.
El conflicto en Medio Oriente no tendrá impacto en las decisiones económicas de las empresas.
Las nuevas generaciones priorizan el bienestar y la experiencia sobre el salario.
La guerra en Medio Oriente está creando un nuevo modelo económico desde cero.
El modelo just-in-time está siendo reemplazado por el just-in-case debido a la inestabilidad global.
©2026 Editorial La Patria Ltda.