Ficha informativa
La Paz enfrenta el desafío de redefinir su papel en Bolivia, buscando dejar atrás su dependencia centralista y potenciar su desarrollo regional.
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Contexto:
La Paz ha sido históricamente el centro político de Bolivia, pero ha descuidado su desarrollo económico y la articulación interna. Las poblaciones indígenas y campesinas sienten que solo son escuchadas a través del bloqueo. El Alto, como segunda ciudad del país, representa un ejemplo de emprendimiento espontáneo.
Celebrar el 16 de julio debería iniciar una conversación sobre el futuro de La Paz en las próximas décadas, buscando un departamento que desarrolle su riqueza e integre sus regiones.
Por qué importa:
La falta de infraestructura y conectividad limita el crecimiento del emprendimiento. La Paz necesita una descentralización real para integrar sus regiones y desarrollar una economía del conocimiento que atraiga inversión. Se requiere un nuevo contrato social que fomente el trabajo en lugar del bloqueo.
Datos clave:
- Fecha: 16 de julio de 1809
- Porcentaje: 68 presidentes nacieron en La Paz
- Número de presidentes: 23
Cada 16 de julio, cuando se conmemora el grito libertario de 1809, La Paz se mira a sí misma con la satisfacción de ser el centro de la vida política boliviana, la sede real del poder, y el territorio donde se diseñó nuestra modernidad republicana. Sin embargo, junto a la celebración, hoy enfrenta un desafío que ninguna efeméride resuelve: redefinir el papel que quiere desempeñar en la Bolivia de las próximas décadas.
Durante más de un siglo, La Paz organizó su identidad en torno a su situación de sede del gobierno. Eso le otorgó influencia, recursos, infraestructura y centralidad. Pero también le impuso una trampa que con el tiempo se volvió estructural: al concentrar sus energías institucionales en la política nacional, el departamento descuidó su propio desarrollo económico y la articulación interna de sus regiones.
La contradicción es hoy visible y dolorosa. Un departamento con ecorregiones de extraordinaria riqueza mineral, agrícola, energética y cultural, en su extenso altiplano, la cuenca del Lago Titicaca, la Amazonía del norte y los Yungas, sigue siendo, en gran medida, un territorio de regiones desconectadas entre sí y subordinadas a la lógica centralista de la ciudad capital.
Y luego está la paradoja mayor, la que revela una fractura profunda: las mismas poblaciones indígenas y campesinas que La Paz reivindicó históricamente como parte de su identidad cultural sienten que la única manera de ser escuchadas es cortando el combustible y los alimentos a la ciudad que las representa. No hay imagen más elocuente del fracaso de la articulación territorial que esa: un departamento que se bloquea a sí mismo.
Sería injusto y deshonesto reducir la historia del departamento a sus contradicciones y a su carácter centralista. La Paz tiene logros que ninguna crisis coyuntural puede borrar. Fue La Paz, con su mezcla de aymaras, mestizos y migrantes, la que desarrolló una cultura del comercio y del intercambio que sentó las bases del mercado interno boliviano en el siglo XX, y la que, con todas las imperfecciones, logró construir institucionalidad nacional.
Sus industriales tuvieron históricamente una visión que excedía el corto plazo. Fueron, en su mayoría, paceños los primeros que impulsaron la industria manufacturera cuando todavía era una apuesta de riesgo, quienes construyeron el sistema financiero nacional, quienes dieron forma al mercado de valores, quienes apostaron por el comercio formal cuando la economía informal era la norma.
La Cámara Nacional de Industria, la Cámara Nacional de Comercio, la Bolsa Boliviana de Valores, la Asociación de Bancos, la Asociación de Aseguradores, la Confederación de Empresarios Privados y tantas otras instituciones nacidas en La Paz, son testimonio de esa visión empresarial que supo ver más allá del rentismo político.
En el plano político, La Paz no solo fue sede del poder. En sus calles se produjo la Revolución de 1952. En sus círculos de debate nacieron los más grandes partidos políticos que moldearon el destino del país por más de un siglo. En La Paz nacieron 23 de los 68 presidentes de nuestro país, algunos tan relevantes como Andrés de Santa Cruz, José Ballivián, Ismael Montes o Gonzalo Sánchez de Lozada.
Y luego está El Alto. La ciudad que creció al margen de todos los planes y que terminó siendo la demostración más contundente del emprendedurismo boliviano. El Alto no fue diseñada por ningún planificador, fue construida, ladrillo a ladrillo, por migrantes del campo que llegaron con poco y decidieron crear con sus manos lo que el Estado no les daba. Hoy es la segunda ciudad del país. Un laboratorio vivo de economía creativa, de microempresa y de innovación popular. Aunque el emprendimiento espontáneo tiene un límite: sin infraestructura, conectividad y reglas claras, no escala
Todo su capital histórico, cultural, empresarial y humano no alcanza si La Paz no afronta los desafíos que la nueva Bolivia le plantea: la descentralización real para construir una visión de largo plazo que integre sus regiones productivas; la economía del conocimiento que se incorpore a la modernidad para atraer inversión significativa y diversa; el turismo de alto valor, desarrollando infraestructura, conectividad aérea, oferta hotelera de calidad y capacidad de gestión; y el diálogo territorial a través de un nuevo contrato social entre su capital y sus regiones, que no se reduzca a la transferencia de recursos y que dé a sus comunidades campesinas e indígenas razones para apostar por el trabajo antes que por el bloqueo.
Celebrar el 16 de julio debería ser el inicio de una conversación franca entre las instituciones del departamento sobre qué rol quiere tener en la Bolivia de los próximos cincuenta años. No la ciudad que administra el poder central sino el departamento que desarrolla su propia riqueza, que integra sus regiones, que potencia su industria y su cultura. Porque la mejor manera de honrar la historia es dejar de depender de ella.
* Ronald Nostas Ardaya
Industrial y ex Presidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia
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