Ficha informativa
La crisis en Bolivia revela un Estado Plurinacional debilitado, donde la gobernabilidad se basa en un ensamblaje de actores sociales. La falta de cohesión y el descontento popular cuestionan la legitimidad del gobierno actual.
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Contexto:
El discurso oficialista sostiene que Rodrigo Paz debe gobernar los cinco años establecidos por la constitución. Sin embargo, la confianza del electorado depende del cumplimiento del contrato político. Durante casi dos décadas, el MAS fortaleció organizaciones y modificó la distribución del poder.
El Estado Plurinacional es descrito como una maquinaria monstruosa, donde el gobierno no es solo el presidente, sino un bloque social. Los bloqueos son efectivos porque ocurren dentro de la arquitectura real del poder. La interpretación rígida del voto como cheque en blanco limita la flexibilidad democrática.
Por qué importa:
La crisis económica agrava las diferencias regionales y culturales. Los sectores movilizados se consideran parte constitutiva del Estado, ejerciendo presión política como forma de soberanía. La falta de cohesión puede llevar a un colapso en la gobernabilidad.
Datos clave:
- Fecha: 23 de mayo
- Duración del mandato presidencial: 5 años
Por Jorge Luna Ortuño
(Filósofo e investigador curatorial)
Sobre las revelaciones inquietantes y las preguntas de fondo, detrás de un conflicto que no es sólo social, sino de concepción misma del Estado Plurinacional.
La narrativa liberal clásica sostiene que el proceso democrático sucede en tres pasos básicos: 1) la ciudadanía vota; 2) un candidato gana; 3) el candidato asume la presidencia y gobierna. Es lo que repiten ahora los defensores de la “democracia”, el discurso oficialista reafirma que Rodrigo Paz debe gobernar los cinco años que marca la constitución. Olvidan mencionar que el voto no es un cheque en blanco, sino un mandato político que puede ser evaluado; la confianza del electorado debe renovarse mediante el cumplimiento del contrato tácito con los votantes. Pero ese es otro tema. Nos limitaremos a desarrollar algo más incómodo: si en Bolivia ganar las elecciones ya no es suficiente para gobernar, la pregunta más acuciante es: ¿qué nos dice esto sobre Bolivia como Estado?
Las elecciones otorgan legitimidad inicial. Sin embargo, la gobernabilidad cotidiana depende de mantener cohesionado un entramado complejo y amplio. Cuando ese entramado se rompe, la autoridad presidencial se debilita rápidamente. El actual presidente no parece aún haber caído en cuenta, todavía sigue hablando de “construir una nueva Patria”, “sin divisiones”, aferrado a la ilusión institucional clásica. Pero los eventos conflictivos de la crisis del Estado Plurinacional lo han forzado a darse cuenta de algo: él no asumió el asiento de piloto de un avión; lejos de ser una nave, el Estado Plurinacional es una maquinaria monstruosa.
Los bloqueos de caminos, el cerco a La Paz, las muertes registradas durante el conflicto y los enfrentamientos en El Alto y la sede de gobierno fueron un grito para despertar. Fue una puerta abierta con una patada. Bolivia no es ya la República cuyo gobierno se intercalaba en el poder el viejo sistema de partidos. Sr. presidente, usted no está gobernando la antigua República de Bolivia que concebía una visión homogénea del país.
Una primera revelación.
“¡Bienvenidos al desierto del Estado Plurinacional!” Así gritaron los bloqueos, y la completa indiferencia hacia los pedidos de parte del gobierno para dialogar. Dijeron ellos: “no nos interesa ya dialogar, lo que queremos es la renuncia del presidente”. Temblor. Paz y sus ministros no supieron responder con eficacia, se los vio impotentes, limitados a repetir el guion de un gobernante de otras épocas. Su mayor estrategia táctica fue apostar al desgaste de los movilizados, mientras en el discurso se mantuvieron apaciguadores.
Pero debajo de ese aviso atronador pidiendo su renuncia, había un mensaje aún más escalofriante. Llegó como una bofetada el sábado 23 de mayo cuando el intento gubernamental de habilitar un corredor humanitario hacia La Paz encontró resistencia y terminó evidenciando los límites del control estatal sobre el territorio.
Fue una revelación de algo que buena parte de la clase política todavía no comprende: el grueso de los sectores movilizados no se percibe a sí mismos como oposición al Estado, sino como parte constitutiva. Aquí es donde entra lo monstruoso del Estado Plurinacional. Se trata de un ensamblaje que fue compuesto con una calidad degenerativa de los acoplamientos.
El MAS quiso construir un nuevo relato estatal —el Estado Plurinacional— que buscaba reconocer una diversidad históricamente negada. El problema es que el reconocimiento simbólico de la pluralidad no resolvió verdaderamente los conflictos materiales y políticos que la producían y reproducían. Por eso hoy observamos una gran paradoja: existe un discurso plurinacional muy desarrollado, pero al mismo tiempo se agravaron fracturas regionales, económicas y culturales.
Cualquiera que haya viajado por el país y conocido altiplano, valle y llano, entiende que en el territorio nacional conviven varias Bolivias. Esas Bolivias no comparten los mismos intereses económicos ni la misma memoria histórica. Cuando la economía crece, esas diferencias pueden coexistir. Pero cuando la economía entra en crisis, lo que golpea con fuerza son las diferencias. Por eso la actual crisis económica tiene una dimensión mucho más peligrosa que una común disputa política.
El Estado Plurinacional
Hemos afirmado que lejos de ser una nave, el Estado Plurinacional es una maquinaria monstruosa. La gobernabilidad de este estado fue diseñada de modo que su hacer implicara a un bloque histórico social, dentro del cual el presidente del país es un operador. Lo que llamamos “gobierno” ya no es simplemente un presidente rodeado de ministros. El Estado Plurinacional se gobierna por un ensamblaje de actores sociales. Es lo que algunos analistas describen como un sistema de corporativismo negociado. Pero afirmamos que esto va más allá de un tipo de acuerdos permanentes entre el Estado y unas organizaciones sociales externas, ya que el Estado Plurinacional es la figura de una fusión entre ambos. De hecho, fue García Linera, uno de sus ideólogos, quien teorizó sobre la necesidad de disolver la separación entre Estado y sociedad: le llamó Estado integral.
Seguramente por eso los bloqueos tienen tanta eficacia. No son simplemente protestas de sectores de la sociedad. Ni siquiera es porque el innombrable del Chapare sea la causa. Sino que es porque sus mecanismos de presión política están ocurriendo dentro de la arquitectura real del poder. Aquí aparece una interrogante más inquietante: ¿es Bolivia una comunidad política integrada que padece cíclicamente conflictos que se repiten, o es una constelación de ensamblajes territoriales y corporativos que periódicamente negocian —y a veces disputan— las condiciones mismas de su convivencia?
Durante casi dos décadas, el MAS no solamente ejerció su hegemonía a través de ministerios, gobernaciones o el Parlamento. También modificó la distribución efectiva del poder. Fortaleció organizaciones. Construyó mecanismos de interlocución privilegiada. Generó dependencias mutuas. Creó derechos adquiridos, formales e informales. Produjo expectativas de influencia. Y, sobre todo, acostumbró a muchos sectores a concebirse como copartícipes del gobierno. El Estado Plurinacional es más una red que un árbol, con lo cual la figura de una motosierra, como en Argentina, no es viable de la misma manera.
Por eso quizás el problema real no sea que sectores sociales movilizados estén intentando derribar al gobierno. Sino que ellos se consideren actores con derecho histórico a intervenir y a predominar en las decisiones nacionales. En esa lógica, bloquear rutas o paralizar ciudades no sería únicamente una herramienta de protesta. Sería también una forma de ejercer soberanía. Un recordatorio de que el poder no reside exclusivamente en el Palacio de Gobierno ni en la Asamblea. Una reivindicación del carácter institucional de la calle.
Por otro lado, si el voto se interpreta como un cheque en blanco por cinco años, la democracia se vuelve rígida y sorda. Lo ideal sería producir mecanismos institucionales que permitan corregir el rumbo sin destruir continuamente el orden político. Pero larga es la tarea cuando el suelo de la discusión sea el Estado Plurinacional, que no logró constituirse como una nueva totalidad política. Sólo terminó siendo una agregación creciente de pactos corporativos, territoriales y económicos cuya cohesión dependía de la abundancia fiscal y del liderazgo de un centro articulador. Cuando desaparecieron los excedentes económicos y ese centro perdió capacidad de coordinación, los componentes del ensamblaje comenzaron a actuar por cuenta propia. Ahí estamos ahora.
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