Ficha informativa
La exposición ‘Grandes maestros cruceños’ se presenta en la Galería del Banco Nacional de Bolivia en La Paz, destacando obras de cuatro artistas célebres de Santa Cruz. La muestra, curada por Cecilia Bayá Botti, es un hito cultural que reúne obras históricas y contemporáneas con ingreso libre al público.
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Contexto:
La exposición se basa en una muestra inaugural del Museo de Arte de Santa Cruz en 1991. Los artistas presentados son considerados principales exponentes del movimiento pictórico en Santa Cruz. Cecilia Bayá ha trabajado con varios artistas bolivianos y ha realizado exposiciones sobre ellos.
La exposición está dividida en dos partes, mostrando obras en diferentes formatos y estilos. La curaduría busca crear una experiencia visual única mediante el uso estratégico de la iluminación y la disposición espacial. Se destacan obras como ‘Carretones al alba’ y ‘Siraris’, que reflejan distintas técnicas y enfoques artísticos.
Por qué importa:
La muestra fomenta el diálogo artístico entre regiones y permite a nuevas generaciones conocer la producción artística histórica. Además, resalta la importancia del sector privado en la gestión cultural ante la falta de apoyo estatal.
Datos clave:
- Fecha de inauguración del Museo de Arte de Santa Cruz: 8 de abril de 1991
- Fecha de cierre del Museo de Arte de Santa Cruz: 30 de junio de 1991
- Año de fallecimiento de Marcelo Callaú: 2004
- Año de fallecimiento de Tito Kuramoto: 2026
- Año de fallecimiento de Herminio Pedraza: 2006
- Año de nacimiento de Lorgio Vaca: 1930
- Porcentaje de obras trasladadas desde Santa Cruz: 80%
- Tamaño escultura ‘Pliegue’: 600x60x12 cm
Son diversas líneas de reflexiones y análisis que habría que dedicarle a la exposición “Grandes maestros cruceños”, que el Banco Nacional de Bolivia exhibe actualmente en su amplia Galería en la Zona Sud de La Paz, con ingreso libre a todo público. Esta muestra colectiva, curada por Cecilia Bayá Botti, reúne una selección de obras –de propiedad de coleccionistas– correspondiente a cuatro nombres célebres de las artes plásticas de Santa Cruz de la Sierra: Marcelo Callaú (1946-2004) y Tito Kuramoto (1941-2026) por un lado; Herminio Pedraza (1936-2006) y Lorgio Vaca (1930) por el otro.

Consideraciones previas
Colecciono catálogos de algunas exposiciones históricas del siglo XX, y para encontrar un antecedente de una exposición colectiva que estuviera dedicada a estos cuatro artistas notables, tuve que remontarme al año 1991, en la inauguración del Museo de Arte de Santa Cruz, que con el tiempo se ha hecho más conocido por la sigla MAC. Este documento señala que aquella exposición inaugural estuvo abierta del 8 de abril al 30 de junio de ese año, y contó con la presencia de nuestros artistas en su auge, ya aquellos días catalogados como “principales exponentes del movimiento pictórico en Santa Cruz”, tal como lo enfatizara el entonces presidente del directorio de la Casa de la Cultura, Oscar Bowles. Actualmente sólo Lorgio Vaca, el más añejo, continúa con vida, aunque debilitada en los últimos meses, pero no exenta de su aura luminosa por donde pasa.

Esta muestra que aún se podrá ver en La Paz por algunas semanas, es un hito dado su carácter histórico y a la vez divulgativo, pues pone a la vista –tanto de conocedores como de nuevas generaciones al otro lado del país– miradas testimoniales de una Santa Cruz de antaño, desde un espíritu de creación que estuvo influido por el clima y la naturaleza del oriente boliviano, una atención a los pequeños actos cotidianos según las costumbres de la región, y una atención particular a la expresividad de la materia propia del lugar.
En cuanto a lo operativo, no hubiera sido posible la muestra sin la labor de Cecilia Bayá, reconocida curadora en nuestro país, que dirige la Galería BNB Art, pero además se desempeña hace décadas en la gestión cultural y es también directora de la Fundación Marcelo Callaú. No se trata de un halago al paso, sino de una constatación que permite entender primero cómo fue posible la realización de esta muestra, y en un segundo momento qué es lo que se propuso mostrar o poner en escena.

Bayá ha producido ya una serie de exposiciones sobre el trabajo de artistas bolivianos con los cuales compartió en vida: Roberto Valcárcel y Gastón Ugalde entre los más conocidos, y en los últimos años la hemos visto realizar curadurías sobre las obras de Ligia D´Andrea, María Luisa Pacheco, Coco Velasco y Patricia Mariacca, por citar algunas. Pero entre todos, resalta su atención a Callaú, sobre el cual logró publicar un libro muy valioso, Marcelo Callaú – emoción y razón (2014), además de catálogos y diversas exposiciones de homenaje. En ese marco, cuando me comentó que tenía planeado realizar esta muestra en el mes aniversario de Santa Cruz, tuve una gran curiosidad por saber qué otras obras poco conocidas de estos artistas podrían salir a la luz con motivo de la muestra.
Como se mencionó, la mayoría de estas obras son de propiedad de coleccionistas, es decir que no se las puede apreciar cualquier momento. Por eso tenía que ser una persona con la trayectoria de Bayá quien la gestionara, pues los dueños no las prestarían así nomás a cualquier entusiasta gestor. Y ante la larga siesta que vemos en la gestión cultural de las artes visuales desde el Estado, merece aplaudirse este tipo de iniciativas desde el sector privado. Más aun si se considera que, según la curadora, un 80% de las obras fueron trasladadas desde Santa Cruz de la Sierra, un trajín moroso y costoso que involucra detalles de embalaje, transporte y seguros, toda una logística que impide ver con mayor frecuencia este tipo de exposiciones históricas que hacen dialogar la producción artística entre regiones.
Poética de montaje
Lo primero que me afecta al entrar en la Galería es la intuición del espacio, el ambiente expositivo, que aparece dividido sutilmente en dos partes. Una sala tiene pinturas de Kuramotto y esculturas de Callaú, mientras que en la otra están colgadas pinturas de Pedraza y de Vaca. El aura de esa policromía conjugada invita a internarse, seguramente influida por la iluminación cálida en el espacio, que deshace cualquier posibilidad de que las paredes blancas se perciban como cubo blanco.
La luz además de cálida, es dirigida y jerárquica. Percibimos de entrada dos sistemas, una iluminación general o ambiental, con luminarias circulares del cielo raso y otra focal, en la que los dicroicos proyectan haces de luz hacia las obras, logrando una sensación de resplandores elegantes por islas. No es que sea algo de otro mundo, pero es algo para anotar: la luz ha sido dispuesta para dar una sensación de unidad atmosférica, una cierta homogeneidad.

Lo segundo que aprecio son las alternancias. El montaje parece concebir la experiencia del recorrido a partir de la alternancia entre concentración y vacío, frontalidad y profundidad, pintura y escultura, iluminación ambiental y luz focal. Aquí se nota la amplitud de las salas, que permite a las obras conservar autonomía, mientras que la introducción de las esculturas de Callaú en el espacio rompe la lectura lineal de los muros y nos obliga a los espectadores a movernos, desplazarnos por el piso alfombrado para descubrir nuevas relaciones visuales.
Por otra parte, la disposición de las obras nos permite percibir diversos planos superpuestos, como se apreciará en algunas imágenes. En la sala dedicada a Callaú y Kuramotto vemos un buen ejemplo de lo que han logrado la curaduría y la museografía: la escultura del gran aro de madera de Callaú es prácticamente un dispositivo óptico dentro de la exposición. Visto de frente, el aro encuadra una pintura de paisaje de Kuramotto. En detalles de este tipo, vamos viendo que el montaje produce relaciones formales que no pertenecen originalmente a las obras.
Al mismo tiempo, el visitante puede mirar a través de este gran aro de madera y descubrir otras obras detrás. Es como un umbral. Es un objeto que se contempla y también uno que permite contemplar. De esta manera el espectador puede colocarse frente a él, atravesar visualmente su interior, rodearlo y observar cómo cambia el encuadre.

Primeros destaques
Una de las obras más antiguas de la muestra probablemente sea la escultura de Callaú “Lavandera” (1965), con madera jichituriqui, correspondiente a sus primeros años en formación, antes de irse a París y Bruselas. También se observan otras esculturas figurativas, además de los notables torso rollo que trabajaba en madera cedro en la década de los 80´s; otra destacada es la escultura “Pliegue”, de 600x60x12 cm, que se extiende sobre una de las paredes a mediana altura, seis metros de madera tallada a lo largo.
De Lorgio Vaca veo pinturas que no conocía y requieren mayor contemplación, pero de inicio me maravilla la pintura al óleo “Carretones al alba”, que no cabe en la descripción simple de paisaje rural cruceño. Lo que vemos es una caravana de bueyes y carretones, conducida por figuras apenas delineadas, que insuflan movimiento a la quietud vertical de las palmeras; a mi juicio lo que sobresale es el movimiento aéreo, el cielo de intensos cambios cromáticos: amarillo, naranja, rojo, verde y azul, con una capa de neblina dispersa, y una sensación que me hace interpretar la escena como una fuga al amanecer en una atmósfera casi irreal.
De Tito Kuramotto reconozco primero algunas obras que vi en el libro Kuramotto (2019), editado por Silvia Rósza, como ser “Modelo con árbol de mango”, óleo sobre madera, 1998. También los óleos sobre tela “Mangos” y “Palmera enana”, ambos del 2001, que registra el catálogo de Manzana 1 dedicado al artista. Lo que más aprecio en este artista es la organización de sus composiciones y el preciosismo de su dibujo sin caer en una idealización clásica; por esto destaco de inicio dos obras, la de las dos mujeres trabajando con un tacú de madera, y la otra cuyo título es “Retrato de la señora Anita Suárez de Leygue”, óleo sobre tela, 1989. Es la observación de lo cotidiano, con esa peculiar mirada perdida de los personajes de Kuramotto, él decía que les gustaba retratarlos pensando. Uno de sus grandes comentadores, Miguel Ángel García, señala en uno de sus textos: “el pintor cuida de una manera especial los elementos complementarios en sus trabajos, siendo que, en determinadas obras, esos detalles se convierten en preciosos trabajos independientes del resto de la tela. Los objetos que rodean los personajes de Kuramotto se vuelven casi reales, llegando a adquirir una consistencia casi sólida; una apariencia tan real que, diríase, se puede tocar”. (García, 30 de marzo 1986).
Y qué decir de Herminio Pedraza, lo suyo no es el cuidado en el dibujo o la rigurosidad técnica que buscaba Kuramotto, tampoco lo mueve ya la incidencia en temáticas sociales como predomina en Lorgio Vaca, aunque haya pasado por ellas en los años 50´s. Pedraza es la libertad del color, el representante de una escuela en la cual él fue el único exponente. Destaco de inicio el óleo sobre tela “Siraris”, 180×190 cm, 1990; es representativa de aquello que se dice de sus pinturas, que muchas veces desbordan el lienzo; en este se aparta de la representación figurativa más narrativa que vemos en otras piezas suyas y en general en la exposición; lo que apreciamos aquí es una figura femenina fragmentada, cercana al cuerpo, pero llevada hacia una construcción casi abstracta. Lo más potente visualmente es el predominio del azul, hay una gama que va de azules oscuros a tonos más luminosos, construyendo la sensación de volumen, con textura circular y concéntrica. El detalle de los cordones rojizos queda como un detalle genial, efectivo.
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Comprensión de la noticia
¿Por qué es importante la exposición 'Grandes maestros cruceños' en el contexto cultural boliviano?
Secuencia de los hechos
- Inauguración del Museo de Arte de Santa Cruz en 1991
- Exposición inaugural del museo que incluyó a los cuatro artistas mencionados
- Fallecimiento de Marcelo Callaú en 2004
- Fallecimiento de Herminio Pedraza en 2006
- Exposición 'Grandes maestros cruceños' actualmente en La Paz

