Ficha informativa
La obra teatral “Dolere, la vida sin nosotros” de Soledad Ardaya aborda el duelo a través de una narrativa poética y experiencias personales. Se estrenó en 2026 en Sucre y explora la transformación que surge del dolor.
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Contexto:
Soledad Ardaya se inspiró en experiencias personales intensas para crear la obra. La dramaturgia fue colaborativa con Fred Maigne. La obra busca convertir el duelo en una experiencia universal sin caer en una perspectiva terapéutica.
El título ‘Dolere’ proviene del latín y significa tanto dolor como combate. Soledad ha trabajado con el Teatro de los Andes y ha utilizado imágenes del mar para representar el renacimiento. La obra combina elementos escénicos con música de Ludovico Einaudi.
Por qué importa:
La obra invita a los espectadores a reflexionar sobre el duelo como un proceso transformador. Además, promueve la conexión emocional entre el público y el escenario, generando un espacio para la catarsis colectiva.
Datos clave:
- Autor: Soledad Ardaya
- Lugar de nacimiento: Cochabamba, 1978
- Año de estreno: 2026
- Lugares de presentación: Museo Tanga Tanga en Sucre, AECID y CCP en Santa Cruz de la Sierra
- Duración de la obra: entre 50 y 55 minutos
- Años de duelos vividos por Soledad: 2021
- Duelos mencionados: muerte de su amiga Teresa, muerte súbita de su padre, separación amorosa
La obra teatral “Dolere, la vida sin nosotros” nació en una sala de ensayo. Comenzó como una experiencia corporal en el espacio, experimentando imágenes bajo la guía del Teatro de los Andes; el texto dramatúrgico llegó después. La autora y actriz Soledad Ardaya (Cochabamba, 1978) nos habló de diversas facetas del trabajo y del proceso, que tuvo como disparador algunos intensos eventos de duelo que atravesó en 2021.
La obra se estrenó oficialmente este año en el Museo Tanga Tanga en Sucre. En agosto, pudimos verla en Santa Cruz de la Sierra, presentada en AECID y en el CCP. Agradecemos la existencia de esta obra sublime, de entre 50 a 55 minutos de duración, a la perseverancia de Ardaya en el teatro. En su camino de fortalecerse, ella quiso volver después de años de ausencia y aceptó embarcarse en un viaje que la reencontró con sus orígenes y otras orillas. Volvió a trabajar con el Teatro de los Andes en Sucre, intercambiando criterios a distancia con su amigo Fred Maigne en Francia, hablando con músicos compositores del medio y postulándose a la convocatoria de fomento a la producción escénica del CRC.
1. El duelo como materia teatral

A partir de experiencias personales muy intensas y desestabilizadoras detrás de la obra —la muerte de su amiga Teresa, la muerte súbita de su padre y una separación amorosa—, Soledad encontró las fuerzas para extraer todo lo vitalista en ello. Se enfocó en convertir una historia personal en un asunto universal. Sin embargo, no basta con afirmar que el arte es una catarsis; el desafío que se planteó fue convertir las ramificaciones de esas íntimas pérdidas en una narración poética en el escenario, sin convertir al teatro en terapia ni desde una mirada psicológica.
Un antiguo teléfono en la escena, de esos con cable y rueda para discar, suena estruendosamente en ciertos pasajes, materializando la persistencia del mundo exterior. La realidad se presenta como un recuerdo y un martillazo interruptor. La atmósfera de la obra invita a una experiencia íntima, de comunicación entre el personaje de Julia y los asistentes. La ocasión es el duelo; lo que se respira es todo: la escenografía, los objetos, el cuerpo, los sonidos y el espacio están ahí como si también estuvieran atravesados por el duelo. Pero aquí, el duelo se entenderá como una oportunidad para la transformación.
Todo en la escena es susceptible de ser transformado. El comienzo es desde la fragilidad; las flores como ofrenda del público simbolizan el acto transformador que moviliza esta obra. El armario, que nos habla de los ingeniosos artefactos transformables del Teatro de los Andes, se convierte en pasaje. El balde será un contenedor impensado, incluso para un teléfono; los vestidos se vuelven cuerpos; el saco puede convertirse en fantasma y luego en piel.
2. Vuelvo a mi asiento de espectador
Vuelvo a estar sentado en la primera fila de aquella función. En escena vemos a una mujer llamada Julia sacando ramos de flores del balde; ella habla de alguien ausente. Desde los primeros momentos capto la fuerza gestual en el rostro de la actriz, logrando vivas impresiones de impotencia, locura y atisbos de amnesia prematura. Me tocó particularmente cuando dijo algo así: “A veces estoy sola en la sala, otras estoy en el cuarto y no recuerdo haber caminado hasta ahí”.
Tomaba apuntes al vuelo queriendo grabarme algunas poderosas frases que lanzaba Julia: “él volvía con la luz después de la tristeza”, “mi cuerpo esparcido busca la salida”, “ya no recuerdo el cuerpo que entra aquí”, “a veces respiro como si algo respirara conmigo también”, “ya no sé dónde terminas tú y dónde empiezo yo”. Me divertí con la ironía certera sobre los clichés, como aquel que ciertas personas repiten simplonamente al hablar de un difunto: “que vuele alto”. Además, ¿quién quiere volar cuando se trata de tener las agallas para sumergirse y ahondarse más allá de lo suficiente?
Suena otra vez el teléfono; es molesto. En cierto punto comencé a verlo como un medidor, un cronómetro dentro de la obra que hacía avanzar la trama. La forma de contar la historia y su poética nos llevan a reencontrar nuevamente la magia del teatro: nada es solo lo que parece. Se revela que el duelo no es ya el tema central; más bien, funciona como materia teatral.
Soledad, en complicidad con potentes creadores (Gonzalo Callejas y Alice Guimaraes en la dirección, Fred Maigne en la dramaturgia y otros), logra deshojar al duelo y mostrarnos las dos caras de la palabra “dolere”: no solo la del dolor, sino también la de dar batalla y resistir, lo cual es, en última instancia, crear. Convengamos entonces que el logro de Soledad trasciende el ejercicio de escribir sobre pérdidas autobiográficas; lo que logró fue construir un dispositivo teatral para habitar esa casa, esas pérdidas y esa atmósfera irrespirable, saliendo de ahí con algo más que recuerdos que son como aguijones.
Lo hizo de un modo que invita a todos a relacionarse. Dos movimientos ocurren: deshojarse, desvestirse, desnudar y deshacerse del fantasma; pero también habrá que pulir el conjunto, recoger lo que se pueda. Un trepidante desenlace comienza a avizorarse con la música de piano de Ludovico Einaudi que nos mantiene amarrados a la silla. Es momento de levantarse, ascender, y el ring ring del teléfono bendito ahora será despertador. “Siento que algo enorme respira debajo del mundo / no quiero morirme, pero tampoco sé cómo seguir”. Es el momento de emerger, salir de la sustancia líquida densa donde vivían con sus planes y recuerdos.

Despojarse será la ley. Liberarse de lo que atrofiaba allá abajo para volvernos más leves y aéreos y salir a flote. Hay personas en nuestras vidas que son nuestra estructura, incluso cuando no las vemos ni hablamos todos los días. Ellas son nuestra raíz sumergida. Nuestro canto y nuestras risas más sinceras provienen de la certeza de su existencia. “Dolere” nos evoca esas transformaciones de la vida que nos obligan a cambiar hasta nuestra forma de reír.
3. Conversación videollamada con Soledad Ardaya sobre la presentación de “Dolere” en Santa Cruz de la Sierra – 27 de agosto de 2026
Jorge: El biombo que resulta ser un armario me llevó a los típicos artefactos ingeniosos que hace Gonzalo Callejas en la escenografía de tu obra; ese era ya un rastro de entrada del Teatro de los Andes.
Soledad: Solemos decir que en el Teatro de los Andes siempre hay algún sistemita, un hilito que jalas… [risas]. Siempre son muy sencillos, pero después transforman todo.
Jorge: ¿Y en esta obra la dramaturgia, que es muy poderosa, es solo tuya o cómo la has construido?
Soledad: Bueno, tuve un colaborador, mi amigo Fred Maigne; él vive en Francia, es actor y director. Puede decirse que el texto es nuestro; su colaboración ha sido clave: yo escribía hojas y él me ayudaba mucho a sintetizar con la fuerza de la palabra dramatúrgica. Esta siempre está al medio entre poesía y narrativa; tiene que contener suficiente fuerza poética pero también contar una historia. Fue clave esa contención.
Su mirada me ayudaba a encontrar el eje sintetizador y también me daba sugerencias sobre resoluciones dramáticas. Por ejemplo, en la parte sobre cómo pierdo la mirada del otro. Eso es clave en el duelo; no solo extraño al otro, sino también extraño ser vista por ese otro. La pérdida de esa mirada que ya no me mira. Sabía claramente por dónde quería pasar; pero cómo resolverlo dramatúrgicamente era el gran desafío. Hay resoluciones que no están en el texto; están en la imagen. Ha sido un trabajo codo a codo con él en esa estructura.
Jorge: ¿Cómo tomaste la decisión del título “Dolere”, que no es del español?
Soledad: “Dolere” no. El nombre viene del latín y su raíz incluye dos significados opuestos: el dolor pero también el combate. Para concursar en el fomento a la creación escénica del CRC estaba al inicio de todo esto; no sabía qué nombre ponerle y le puse “Dolere”. Después ya no pude cambiarlo [risas]. Bueno, me gustó igual y le agregamos “la vida sin nosotros”.
Jorge: Más allá del trabajo que hiciste en línea junto a tu amigo Fred para la dramaturgia, cuéntanos cómo se inició el proyecto; algo del proceso que seguiste.
Soledad: Tenía ganas de volver al teatro; así que tuve que regresar a mi escuela: el Teatro de los Andes. Antes, dos libros fueron el punto de partida: uno fue “Hamnet” de Maggie O‘Farrell y el otro “El duelo” de Gabriel Rolón, que es psicoanalista. Luego armé la estructura.
Pero antes de escribir una palabra necesitaba meterme a una sala; así que me fui un mes a trabajar al Teatro de los Andes: quince días en residencia y otros quince días abordando solo los temas de la obra. Fue ahí donde creamos primero el lenguaje escénico. Trabajamos imágenes sobre la pérdida y el renacimiento; esos fueron los dos conceptos a partir de los cuales creamos imágenes.
Entonces creamos un montaje breve de 25 minutos hilvanado con las imágenes de la obra; pero no había historia. Retorné a Cochabamba para escribirla. También convoqué a unos amigos músicos para que compongan música mientras yo preparaba el texto. Volví en marzo a Sucre con un texto que no funcionaba para nada; era muy retórico porque había ido por un lugar muy poético y se repetía con lo poético de la imagen.
Ahí entendimos que el texto tenía que tener otro tenor. Entonces me volví a Cochabamba; ahí sí nos encerramos con Fred entre marzo y mayo escribiendo, editando y enviando. En junio me fui el último mes a trabajar ya con el texto terminado a Sucre, con música compuesta y el mundo escénico que queríamos. Ahí logramos entretejer el clima de la obra. Obviamente se adaptó un poco cada uno de los elementos: texto, imagen y música.
Jorge: Qué increíble; no puedo imaginar el viaje que ha debido ser para ti hacer esta obra porque al final mencionaste en la dedicatoria a dos personas amadas que perdiste, lo cual le dio mayor peso específico aún a lo que habíamos presenciado.
En mi caso estoy trabajando un libro con el concepto “Sumergencias”, un proceso dual entre sumergirse y emerger. Creo que la sumergencia serviría también para comprender mejor estos procesos de duelo. Al final creo que “Dolere” tiene que ver con cómo has logrado emerger; por eso me ha sido muy representativa en los tramos finales esa imagen de Julia caminando bajo el agua, en una densidad donde se respira menos; se respira de otro modo y te mueves más despacio.
Tú hacías el gesto de bucear y nos hacías vivir emocionalmente. Vemos que fue una obra muy fuerte para ti, ligada a tu propia vivencia.
Soledad: Sí, y a la vez lo pude hacer un tiempo después. Teresa murió en 2021; mi papá murió al mes pero de manera más sorpresiva. Con Tere ya sabíamos y sentí que la acompañé hasta lo último; así fueron dos duelos distintos. En cambio mi papá murió abruptamente y desprevenidamente a sus sesenta años; muy joven, fue un momento inesperado y eso sí fue como una sacada de tierra debajo de los pies.
Al mes me separé después de diez años juntos y con una hija; fueron tres duelos intensos y seguidos. Ahora han pasado cinco años y recién he sentido la fuerza para ahondar en qué implica esa pérdida de identidad. Siempre decía esto sobre mi papá: no es solo no verlo; sino que esa persona sostiene una estructura dentro de ti.
Sabes que está ahí; cuando quieres lo llamas; pero cuando deja de existir se cae esa estructura dentro uno; ya no hay a quién acudir. Entonces hago psicoanálisis hace veinte años; soy una persona que acude mucho al psicoanálisis en mi vida cotidiana. En este tiempo he intensificado mi análisis y creo que también me ha ayudado mucho a elaborar.
Siempre tenía esa premisa: no podía ser una obra psicológica. Me interesaba encontrar metáforas para hablar sobre eso pero quería alejarme de una explicación psicológica sobre el duelo.
Jorge: ¿Qué vertiente del psicoanálisis practicas?
Soledad: Me he analizado con una psicoanalista lacaniana. No soy una gran estudiosa pero tengo una oreja; me encanta escuchar cosas sobre psicoanálisis; cada vez que intento leer un libro sobre ello no puedo.
Jorge: ¿Algo más podrías comentar sobre esta imagen del zambullirse? ¿Cómo llegaste ahí?
Soledad: Teníamos claros algunos puntos clave del duelo: la pérdida y los fantasmas que emergen; pero no teníamos claro hacia dónde desembocaba todo eso. Entonces nació la idea del mar como imagen. Hablábamos del renacimiento; salió como esa imagen… Bueno, las imágenes son eso: no son tan racionalizadas; son vividas en el cuerpo, en el espacio y en la narrativa que quieres mostrar a los otros.
A Gonzalo le gustó mucho esta imagen de sumergirme al mar para sacar lo que podía quedar de la casa. Quizás sumergirse en la casa que tuvimos juntos sea una manera de ver lo que ya no somos; sumergirse es desestructurarla convirtiéndola en otro lugar. Debo sumergirme para sacar lo que pueda; algo se saca.
En teatro, la acción también se dice; quizás sumergirse sea encontrar la otredad en el mismo lugar.
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