Ficha informativa
El análisis de Franz Tamayo Daza expone la falta de rumbo del gobierno de Rodrigo Paz en medio de una crisis política en Bolivia, caracterizada por la improvisación y la repetición de errores del pasado.
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Contexto:
Rodrigo Paz asumió el poder tras la Revolución Política de las Pititas, con el objetivo de desmantelar el régimen populista de Evo Morales. Su gestión se asemeja a la del gobierno transitorio de Jeanine Añez, quien no logró cortar con el pasado.
Paz ha delegado funciones a personas de su confianza, como Fernando Cerimedo, lo que ha desplazado el centro de decisión del país. La economía se ve afectada por la escasez de combustibles y la fluctuación del dólar, lo que impacta negativamente en el poder adquisitivo.
Por qué importa:
La falta de políticas estructurales genera movilizaciones sociales. Sectores productivos como transportistas, artesanos y campesinos enfrentan desocupación y hambre. La corrupción y el narcotráfico florecen en el vacío gubernamental.
Datos clave:
- Diez días de silencio del presidente ante un escándalo.
- 80 años: referencia a la hiperinflación.
Por Franz Tamayo Daza
El gobierno de Rodrigo Paz nació con un solo objetivo: alcanzar la presidencia. Jamás existió un programa político, una visión geopolítica ni un plan económico para enfrentar la crisis del Estado. Su gestión se reduce a la improvisación permanente, hija del oportunismo, y repite un error fatal que ya vivió Bolivia: la experiencia del gobierno transitorio de Jeanine Añez.
Es indispensable recordar que su llegada al poder fue producto de la Revolución Política de las Pititas, una movilización masiva con un propósito claro: terminar con el régimen populista de Evo Morales y desmantelar su estructura. Añez traicionó esa misión: no cortó con el pasado, mantuvo intactos los cimientos del MAS y terminó devorada por lo que se negó a combatir, encarcelada por Luis Arce, quien regresó al poder por esa misma falta de decisión.
Hoy ya pasó el carnaval electoral y tiende a repetir el pasado, ya que Rodrigo Paz, “el tibio pollo”, no impone la ley frente a Evo Morales, sin proceder con el debido apremio ante los delitos que le fueron imputados. No hay ruptura ni justicia. Peor aún: solo ha cambiado las cabezas de los poderes y organismos del Estado, dejando intacto el obeso cuerpo administrativo que sostiene el viejo régimen.
Renueva rostros en la cúpula, pero no toca la estructura inflada, costosa y burocrática que absorbe recursos, frena la gestión y perpetúa las prácticas del pasado. Es una reforma de apariencias, no de fondo: el aparato estatal sigue pesado, ineficiente y fiel a viejos intereses, porque no hubo coraje para reducirlo ni reordenarlo.
El escenario se agrava aceleradamente. Se agota el estado de excepción, esa medida temporal que sirvió de muro pero no resuelve causas. La falta de combustibles es el síntoma más visible de una economía profundamente distorsionada: la escasez de diésel y gasolina paraliza el transporte, detiene la producción y encarece la vida.
Pero hay una señal aún más alarmante: la fluctuación constante del dólar oficial no es otra cosa que una devaluación abierta, una mini-devaluación permanente y acumulativa de nuestra moneda. El tipo de cambio se desliza día tras día, los precios suben y el poder adquisitivo de los salarios cae sin detenerse. Esta espiral nos pone sobre una peligrosa senda que recuerda la tendencia a la hiperinflación de los años 80.
No es exageración: la falta de política cambiaria, monetaria y fiscal coherente está reproduciendo los mismos errores que entonces sumieron al país en el caos. La respuesta social no se ha hecho esperar. Las movilizaciones ya han comenzado: el invernadero de la aparente contención social está a punto de abrirse nuevamente.
La calma aparente se desvanece ante la incapacidad de diseñar políticas estructurales y la ausencia de asumir políticas estructurales del Estado. Los sectores más golpeados, tanto del aparato productivo como transportistas, artesanos, pequeños emprendedores, maestros, obreros y campesinos, ya no soportan más desocupación, hambre y desesperación.
Mientras tanto, unos pocos privilegiados aprovechan las materias primas para enriquecerse y otros eluden sus obligaciones con el Estado. Donde falta gobierno, surge el vacío; en ese vacío florecen la corrupción, continúa el narcotráfico y toda forma de enriquecimiento ilícito que empobrece a toda la sociedad. Ante la crisis, Paz no tiene rumbo.
Tras diez días de silencio ante un escándalo de enormes proporciones, reapareció con un mensaje grabado, más parecido a un spot de redes sociales que a una explicación de Estado. Varias de sus afirmaciones fueron desmentidas casi de inmediato. Ha convertido la delegación en su única forma de actuar: todo se encarga a otros, todo se deriva, todo queda en manos de personas de su confianza que no equivalen a competencia ni integridad.
Así surgió la figura de Fernando Cerimedo, un asesor todólogo que ofrece recetas para todo: desde el dólar hasta las relaciones internacionales, desplazando el centro de decisión del país. Gobernar no consiste en ocupar un cargo ni en cambiar solo los nombres de arriba. Gobernar es tener un proyecto político, decidir en función de él y hacer cumplir la ley sin excepciones.
Es romper con lo que el pueblo rechazó ahora con el voto y cuidar el valor de nuestra economía. Mientras el presidente no tiene rumbo ni programa y no transforma el aparato público, otros ocupan el espacio vacío: los oportunistas, los viejos operadores, los que venden promesas y ponen parches sobre viejas heridas. No se está gobernando; se deambula sin rumbo, perdido en el vacío que él mismo creó.
Bolivia no puede volver a repetir su historia trágica y será quien salga a buscar el destino que trace el compás en la búsqueda de la luz de un nuevo destino.
* Franz Tamayo Daza
Es analista político
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