Columnistas

Del “Proceso de Cambio” a la “Industrialización”: ¿Y ahora qué viene?

Por: Miguel Angel Amonzabel Gonzales

Bolivia se encuentra inmersa en un clima electoral cargado de incertidumbre, a pocos meses de las elecciones generales de 2025. Aunque los precandidatos del oficialismo y la oposición ya han comenzado a aparecer en medios tradicionales, redes sociales y actos públicos, lo que realmente caracteriza esta etapa no es la efervescencia de la campaña, sino una profunda sensación de agotamiento: de ideas, liderazgos y proyectos. La gran pregunta no es quién ganará, sino qué vendrá después.

El país atraviesa una coyuntura económica crítica: la inflación alimentaria supera el 15%, el boliviano ha perdido alrededor del 83% de su valor frente al dólar en el mercado paralelo, y la escasez de combustibles refleja el fracaso sostenido en política energética. En este contexto, el gobierno de Luis Arce enfrenta un creciente desgaste. Las encuestas reflejan un amplio descontento ciudadano con su gestión, y su intención de voto ronda el 2%, lo que prácticamente lo descarta como una opción electoral viable. Su discurso de “industrialización del país” no ha logrado consolidarse en el imaginario colectivo, sobre todo porque los proyectos financiados —con abundante publicidad— han terminado, en su mayoría, como “elefantes blancos”, sin impacto real en la economía.

Por otro lado, el liderazgo de Evo Morales también muestra signos de deterioro. Aunque su “proceso de cambio” aún goza de respaldo en sectores rurales y periféricos, su figura genera un creciente rechazo en las ciudades capitales. La pregunta sobre si su ciclo político según algunos analistas ya ha finalizado. Sin embargo, subestimarlo sería un error: la fuerza simbólica de su figura y la estructura organizativa que construyó aún tienen peso.

En medio de esta tensión, emerge una nueva figura dentro del MAS: Andrónico Rodríguez, presidente del Senado. Su nombre se perfila como una posible carta de unidad para el oficialismo, intentando posicionarse entre el desgaste de Arce y la polarización que provoca Morales. Si logra articular el respaldo disperso de los movimientos sociales y desmarcarse de las fracturas internas del partido, el MAS podría, una vez más, reinventarse y volver a imponerse.

La historia reciente demuestra que el MAS posee una capacidad notable de recuperación política. Sobrevivió al “dieselazo” de 2010, cuando las protestas sociales casi lo derriban, y ganó cómodamente en las elecciones de 2014. Pese a la crisis institucional de 2019, marcada por el fraude electoral, la renuncia de Morales y el desbande de masistas cobarde que abandonaron el partido o el Tribunal Supremo Electoral, el MAS resurgió en 2020 con un 55% de los votos a través de Luis Arce. Este retorno no puede explicarse solo por posibles irregularidades en el proceso electoral, sino también por su habilidad para adaptarse, reconfigurar su relato y canalizar el descontento con la gestión interina de Jeanine Áñez, ampliamente criticada por su ineficiencia y denuncias de corrupción.

En contraste, la oposición parece atrapada en un ciclo de errores recurrentes. Si no logra unificarse, 2025 podría significar su sexta derrota consecutiva en elecciones presidenciales. La mayoría de sus líderes son rostros reciclados desde 2002, con escasa conexión con las clases populares y con las nuevas generaciones. A esto se suma que muchos políticos departamentales migran de un partido a otro en cada elección, lo que refuerza la percepción de oportunismo y falta de coherencia ideológica que debilitan a los candidatos nacionales. Además, las propuestas de los partidos de oposición suelen carecer de innovación y no logran conectar con las verdaderas preocupaciones de la ciudadanía.

Desde el enfoque teórico de Daron Acemoglu y James Robinson, premios Nobel de Economía 2024, el caso boliviano puede analizarse a través del prisma de las instituciones inclusivas y extractivas. Las primeras fomentan el desarrollo económico y la estabilidad política mediante la participación amplia y la competencia. Las segundas, en cambio, concentran el poder en élites cerradas, bloqueando la renovación y generando estancamiento. La oposición en los partidos políticos ha reproducido lógicas extractivas: estructuras partidarias cerradas, verticalismo, y resistencia a la apertura y modernización.

Hasta hace unas semanas, el panorama parecía favorable para la oposición, ya que algunas encuestas sugerían que tenía posibilidades reales de vencer en las próximas elecciones si lograba unificarse en torno a una sola candidatura. Sin embargo, esa opción comienza a desdibujarse. Mientras tanto, dentro del MAS ha comenzado a tomar fuerza la figura del presidente del Senado, Andrónico Rodríguez, quien se perfila como una posible carta de unificación del oficialismo. Su estrategia busca marcar distancia tanto del desgaste que arrastra Luis Arce como del rechazo que Evo Morales genera en las principales ciudades. Si Rodríguez logra articular el apoyo actualmente disperso de los movimientos sociales, el MAS podría volver a posicionarse como la fuerza dominante en el escenario electoral.

La gran pregunta, más allá del resultado electoral, es qué viene después. ¿Qué proyecto nacional nuevo se ofrecerá a un país sumido en crisis económica, energética y educativa? ¿Estamos ante el fin del «proceso de cambio» o simplemente frente a su reconfiguración? ¿Surge un nuevo paradigma o seguiremos atrapados entre discursos agotados y estructuras políticas ineficaces?

Más allá del resultado electoral, el panorama para Bolivia no es alentador. Las viejas estructuras se resisten a morir, y las nuevas aún no nacen. Ni el oficialismo ni la oposición han mostrado capacidad para ofrecer una visión renovada de país. La economía se debilita, las instituciones se erosionan, y la política sigue capturada por lógicas personalistas y excluyentes. Si nada cambia, el 2025 no marcará un nuevo comienzo, sino la continuidad de una decadencia que amenaza con profundizar la crisis estructural del Estado boliviano.

Miguel Angel Amonzabel Gonzales es investigador y analista socioeconómico.


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