Por: José Antonio Cortez Torrez, analista estratégico en Desarrollo.
Los datos comerciales de Bolivia al cierre de 2024 narran una historia elocuente, compleja y desafiante. Una radiografía de nuestras exportaciones revela una fragmentación geográfica que, lejos de ser un síntoma de desorden, constituye un activo estratégico inesperado. Mientras Oruro canaliza sus minerales hacia los mercados de Occidente (EE.UU. y la UE), La Paz orienta sus exportaciones hacia el bloque de los BRICS, Cochabamba consolida su agroindustria en el Mercosur y Santa Cruz fortalece su integración en la Comunidad Andina.
Este mosaico comercial no es accidental. Es la manifestación orgánica de un país que ya está navegando la transición más importante del siglo XXI: el paso de un orden unipolar a uno multipolar.
En este nuevo tablero, caracterizado por una competencia feroz por recursos estratégicos, Bolivia posee una carta decisiva: el 25% de las reservas mundiales de litio. Sin embargo, el verdadero dilema nacional no es cuánto litio vender, sino cómo utilizar este recurso finito para comprar un futuro infinito basado en el conocimiento.
El Nuevo Tablero: La Geopolítica de la Escasez.
La era multipolar ha reubicado a los recursos naturales en el epicentro de la seguridad nacional global. Según proyecciones de la Agencia Internacional de Energía (2025), la demanda de litio se quintuplicará para 2050. Este escenario ha fracturado el mundo en dos bloques con intereses divergentes:
El Bloque Hegemónico Tradicional (G7): Liderado por EE.UU. y Europa, busca desesperadamente diversificar sus cadenas de suministro para romper dependencias críticas, movilizando capitales masivos como los 370 mil millones de dólares de la Inflation Reduction Act.
El Bloque Emergente (Liderado por China): Que actualmente controla el 60% del procesamiento mundial de litio y busca consolidar verticalmente su dominio mediante inversiones agresivas en infraestructura en el Sur Global.
Ante esta bifurcación, la postura del excanciller brasileño Celso Amorim cobra una vigencia vital. Amorim, arquitecto del “no alineamiento activo”, sostiene que en un mundo multipolar, la autonomía no se logra mediante el aislamiento ni la sumisión a un solo bando, sino a través de la capacidad de negociar con todos los centros de poder simultáneamente.
La Evidencia Empírica: Un Pragmatismo “De Facto”.
Lo fascinante del caso boliviano es que la teoría de Amorim ya se está aplicando en la práctica, impulsada por la intuición de los actores económicos regionales:
Oruro (Nexo con Occidente): Al exportar estaño y wolframio a EE.UU, y Europa, mantiene el acceso a estándares de calidad y tecnologías industriales de punta.
La Paz (Nexo con Oriente): Al mirar hacia China y los BRICS, aprovecha la demanda masiva del oro, manufacturas y alimentos, absorbe flujos de capital del nuevo motor económico global.
El Eje Regional (Cochabamba y Santa Cruz): Al enfocarse en Mercosur y la CAN, construyen cadenas de valor regionales que ofrecen seguridad alimentaria y resiliencia ante shocks externos.
Bolivia no depende de un solo “arquetipo” global. Esta diversificación es la base de lo que podemos llamar “Autonomía Estratégica Cooperativa”.
El Salto Cualitativo: Paul Romer y la Economía de las Ideas.
A pesar de, diversificar clientes para vender materia prima sigue siendo una trampa extractivista. Aquí es donde la estrategia geopolítica debe encontrarse con la teoría económica.
El Premio Nobel “Paul Romer” demostró que la verdadera riqueza de las naciones no proviene de los recursos físicos (que son rivales y finitos), sino de las ideas y el conocimiento (que son bienes no rivales y acumulativos). Bajo la óptica de Romer, la ventaja de Bolivia no debe ser estática (tener litio), sino dinámica (saber qué hacer con él).
Si nos limitamos a vender carbonato de litio, seguimos anclados a los rendimientos decrecientes. El objetivo debe ser dominar las “recetas” tecnológicas: baterías, cátodos y sistemas de almacenamiento. Romer argumenta que las economías que interactúan con múltiples polos tecnológicos —como ya hace Bolivia por inercia— aprenden más rápido.
Propuesta: Una Estrategia de Autonomía Dinámica.
La fusión de las visiones de Amorim y Romer nos marca una hoja de ruta clara para el Estado boliviano, basada en tres pilares:
Geopolítica Pragmática (El Método): Institucionalizar el pragmatismo comercial actual. Negociar con China, EE.UU., la UE y Corea sin sesgos ideológicos, pero con una condición innegociable: Transferencia Tecnológica Verificable. El acceso al litio boliviano debe ser la moneda de cambio para la instalación de centros de I+D y la formación de capital humano avanzado en suelo boliviano.
Ecosistemas de Innovación (El Objetivo): Crear un “Instituto Público de Tecnología de Recursos Estratégicos”, financiado con un porcentaje fijo de las regalías del litio. La meta es pasar de la extracción a la química fina y la manufactura de componentes, reteniendo el valor agregado dentro de nuestras fronteras.
Liderazgo Regional (La Escala): Impulsar una “Iniciativa Tecnológica del Triángulo del Litio” junto a Argentina y Chile. Transformar la competencia vecinal en un cartel de negociación tecnológica y precios, creando un bloque con suficiente peso específico para sentarse de igual a igual ante las potencias globales.
La ventana de oportunidad está abierta, pero no será eterna. Los datos de 2024 demuestran que el pragmatismo no es una traición a los principios, sino una herramienta de supervivencia y desarrollo.
El desafío para Bolivia es transformar su actual diversificación comercial —hoy orgánica y reactiva— en una política de Estado deliberada. La convergencia entre la inteligencia diplomática de Amorim y la visión económica de Romer ofrecen la proyección, “en la era multipolar, la verdadera soberanía no se mide por las toneladas que extraemos del subsuelo, sino por el conocimiento que sembramos en la mente de nuestros ciudadanos”.
